“Para cuando quieras volver”.

Y que tanto hay que pensar para decir un “sí” o un “no” en el momento exacto. Y que me decís de ese abrazo en ese instante tan necesario. Y de ese simple “¿cómo estás?” en los días nublados. O de ese abrigo en los días de lluvia…

Simples detalles tan necesarios como el respirar, que la vida nos dá y nos dan la vida.

¿Por qué esperar hasta mañana? ¿Y si el mañana es ahora?

¿Por qué callar lo que estás deseando soltar y que vuele?

Cuánto podemos perder por miedo a hacerlo y cuánto podríamos llegar a ganar si no fuésemos cobardes en este juego al que llaman vida.

Somos minutos, horas, días… “somos tiempo”, como dice la canción. Y lo que parece tan duradero puede llegar a ser lo más efímero en cuestión de segundos.

Y así es.

¿Cuántas veces no te han dicho que valores lo que tienes antes de que aprendas a valorar lo que tuviste?

Cualquier lugar o momento… puede ser inolvidable.

Como un simple banco en el que hay cuatrocientas mil fechas grabadas. En el que se dijeron algunos “adiós” e infinitos “hola”. Donde surgen las primeras o últimas palabras pero, siempre… siempre permanece allí.

Para cuando quieras volver, dijo.

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